domingo, 6 de noviembre de 2016

APOCALÍPTICOS E INTEGRADOS 2.0

 
Alaska, 6 de noviembre de 2016,

Este artículo se publicó, en catalán, en el nº 98 del Butlletí d'Infància del Departament de Treball, Afers socials i Families de la Generalitat de Catalunya. 

APOCALÍPTICOS E INTEGRADOS 2.0
Hace poco propuse a mis alumnos de educación social, en la asignatura Aprenentatge amb les TIC de la UdG, un debate en el que la mitad serian Apocalípticos y la otra mitad, Integrados. Parodiaba el famoso libro que Umberto Eco escribió en 1964, pero esta vez la cosa no iba sobre cultura de masas o cultura de élites (bueno, un poco sí) sino de tecnología. Los apocalípticos (lo que en términos más prosaicos se conoce como tecnoescépticos) buscarían argumentos en contra de Internet, los móviles, las aplicaciones, las redes sociales, etc. Y los integrados (o tecnoentusiastas) todo lo contrario. Argumentos no les faltaban: desde el origen de la web en los noventa, y no digamos desde la aparición de las redes sociales o de los smartphone, todo tipo de pensadores y profesionales han escrito a favor o en contra. Desde el apocalíptico Nicholas Carr, uno de los últimos, finalista del Premio Pulitzer con Superficiales, ¿qué está haciendo Internet con nuestras mentes?  que defiende que el uso de Internet y de las redes sociales erosiona nuestro pensamiento profundo, hasta el integrado periodista Jeff Jarvis, profesor de periodismo de la City Univerity de Nueva York, que es capaz de verle las bondades a algo tan demonizado como nuestras queridas cookies, que nos roban privacidad a cambio de ofrecernos, según Jarvis, servicios interesantes. Pero no hay que irse tan lejos, nuestra integrada de cabecera, la psicóloga social Dolors Reig, en su libro Socionomía, ¿vas a perderte la revolución social? un canto a las bondades de las redes 2.0 (cuando leas esto, querido lector, ya iremos por la web 7.0, seguro), defiende que las redes sociales  nos hacen más libres y mejores ciudadanos.

Pero no solo de pensamiento vive el hombre, tenemos miles de experiencias cada día de las bondades y miserias de las TIC. El Twitter que sirve para linchar a una persona, altavoz de lo peor del ser humano y voz del populismo más abyecto, es el Twitter que permite al profesor y educador social Oscar Martinez (@oscar_m) denunciar y, a veces, eliminar, barreras arquitectónicas en la ciudad, ejemplo de activismo social virtual digno de aplauso. El mismo móvil desde el cual se hace bullying a un alumno (el acoso escolar de hace cuarenta años, pero amplificado hasta el infinito gracias a las redes) es el que permite al profesor de educación física Nacho Gálvez, de la escuela Turó, de Montcada i Reixach, jugar con sus alumnos a buscar objetos escondidos mediante el GPS en lo que se conoce como geocaching. He aquí, en el uso del móvil en el aula, donde queda más patente la diferencia entre apocalípticos e integrados, ambos cargados de razones y buenas intenciones educativas. Aunque el Consell Escolar de Catalunya aprobó el uso del móvil en las aulas en 2015, apostando por el uso de la tecnología móvil y por la responsabilización y formación de los alumnos, antes que la prohibición, eso no ha eliminado las suspicacias, los miedos y los riesgos que aducen los apocalípticos.

Pero, llegados a este punto, se podría pensar que mi intención en este artículo es intentar llevar al lector (y a mis alumnos) a la conclusión de que lo razonable cuando se habla de las TIC es llegar a un punto intermedio entre lo bueno y lo malo, o repetir aquel lugar común que dice que la tecnología es inocente, que todo depende del uso que se haga de ella. Nada más lejos de mi intención y además no es el tema principal sobre el que quiero reflexionar. Yo mismo no me sé situar en un lugar intermedio, ambivalente, que es un lugar que tiende a relativizar y minimizar el conflicto. Yo a veces soy apocalíptico y a veces integrado. Cuando algo es malo es malo y cuando es bueno es bueno. En cuanto a la tecnología, que su uso determina su bondad o su maldad es evidente, pero no solo. La tecnología, las aplicaciones, los programas, los cacharritos, ellos solos, ya vienen de fábrica cargados de intenciones. ¿Acaso no es Twitter el que decide que te comunicarás en 140 caracteres, modificando nuestra manera de comunicarnos? ¿Acaso nada tiene que ver su instrumento con la imposibilidad de la ironía? ¿Acaso Facebook, su muro, sus configuraciones, sus emoticonos o sus saludos virtuales, no condicionan lo que uno escribe o cuelga? ¿Acaso es inocente en el hecho de que cada vez construimos comunidades con gente que tienen nuestras mismas ideas, y echamos o bloqueamos al que discrepa, estereotipando y empobreciendo nuestro pensamiento hasta la nausea?

Pero, como decía, de lo que yo quiero hablar principalmente en este artículo es de otra cosa: del silencio sideral que hay en el mundo del trabajo social y la educación social en estos temas, solo roto por distinguidas y valientes excepciones. En la teoría, y en la práctica, tanto la utilización de las TIC como la reflexión acerca de ellas es un páramo con muy escasos brotes verdes. Se me ocurren tres posibilidades que explican porqué cuando todo el mundo habla, escribe y piensa sobre la tecnología, porqué cuando todas las disciplinas en la actualidad, la medicina, la gastronomía, el periodismo, absolutamente todas, no pueden entenderse, para bien o para mal, sin los cambios producidos desde Internet y desde la aparición de las redes sociales, porqué cuando todas, absolutamente todas, están pensando cómo se adaptan a los tiempos, el trabajo y la educación social siguen mirando para otro lado. Precisamente cuando irrumpe algo con el apellido social. ¡Social! Deberíamos tirarnos como lobos hambrientos a la presa pero solo estamos siendo, en el mejor de los casos, meros espectadores.

Se me ocurren tres cosas, digo. Una, seguramente la menos acertada, es que seamos, respecto de la tecnología, rematadamente apocalípticos, y frente al apocalipsis se huye o se prohíbe. La segunda cosa que se me ocurre es un error de concepción, más grave aun tratándose de educadores. La idea, que subyace en muchos discursos, de que sobre las TIC no tenemos nada que hacer ni que decir. ¿Qué vamos a decirles a unos jóvenes, nativos digitales, que nos dan mil vueltas en el manejo de sus cacharritos? Una idea que nos infantiliza, un pensamiento ignorante, porque ignora de qué va esto que se llama educación, de qué va esto que trata de enseñar a otro ser humano a estar en el mundo. Por cierto, ideas que encajan perfectamente en algunas teorías pedagógicas de moda que rebajan la categoría de maestro o educador a mero acompañante, porque ya sabemos que todos educamos entre todos y bla, bla, bla.
Y la tercera cosa que se me ocurre, y en esto quizás me ponga demasiado apocalíptico a mí pesar, es que somos cada vez menos educadores, ocupados en el control, inmersos en la burocracia y en la tiranía del asistencialismo. Ocupados rellenando papeles, gestionando ayudas, controlando entradas y salidas, escribiendo informes. Cada vez con menos espacio para preguntarnos por los saberes que transmitimos, si es que transmitimos alguno. Con menos espacio también para pensar en la identidad digital de las personas con las que trabajamos, los usos que hacen de sus móviles o tabletas, la potencialidad educativa que tienen los dispositivos que utilizan y las redes donde están inscritos. Estamos renunciando a crear un discurso del trabajo y la educación social sobre el uso que hacen de la tecnología  las personas que atendemos, sobre el mundo virtual en el que  interactúan, sobre las luces y las sombras de ese mundo. 

Pero hay realidades que, por fortuna, me contradicen. Dos ejemplos ejemplares. Uno, el de la educadora social Ares Villoria, que trabaja en un CRAE de Lleida, pionera en hablar, desde dentro de los centros, de la identidad digital de los jóvenes que viven en los CRAE (1).  La argumentación de Villoria admite poca discusión: si el encargo explícito de la administración respecto a los menores que tutela es “acompañar a los niños y adolescentes en su proceso de crecimiento y desarrollo integral, procurando dar respuesta a todas las dimensiones de la persona”, parece lógico que junto a la dimensión intelectual, física o psicológica esté contemplada también la dimensión virtual. Un matiz: para los adolescentes actuales los conceptos de virtual y real no tienen el mismo sentido que para nosotros. En su caso, ambas categorías conforman lo que conocemos como identidad, difícil de entender sin la interacción digital o el perfil en una red virtual. De la misma forma que no podemos seguir hablando de conceptos como privacidad o intimidad con parámetros del siglo pasado. Villoria propone introducir un área TIC en los centros y un plan formativo a los educadores de los CRAE que repercuta después en los mismos jóvenes. Como ella misma señala, no aportamos valores, ni capacidad crítica a los jóvenes respecto a sus identidades digitales si la única respuesta es la prohibición de los móviles o de las redes sociales. Prohibición, por otra parte, difícil de sostener fuera de las paredes del centro, lo que puede llegar a convertirlo, a ojos de la sociedad y de los mismos jóvenes, en un lugar alejado de la normalidad y la integración que, paradoja, pretende conseguir. La propuesta de la educadora tiene además la virtud de la experiencia, no se anda por las ramas y nos interpela desde lo concreto y urgente: ¿Cuándo un joven llega a un centro, tenemos que darle la contraseña del wifi? ¿Tenemos que revisar los contenidos de las tabletas o los móviles de los adolescentes? ¿Qué pasa cuando los familiares hablan con ellos por el WhatsApp? ¿Sabemos cómo se comunican, cómo es su lenguaje virtual, sus valores en la red?

El segundo ejemplo ejemplar es el de Jordi Bernabeu, educador y psicólogo del Ayuntamiento de Granollers, que  ha publicado un estudio (2), interesante y completo, que analiza los usos adolescentes del entorno digital y que se puede descargar en su página web Sobrepantalles.net. En el estudio se señalan los tres grupos de problemas que más preocupan en el uso de las TIC: los relacionados con la sobreutilización y/o dependencia de Internet, los vinculados a temas relacionales (como el ciberacoso) y los que tienen que ver con el uso simultaneo de diferentes pantallas. El estudio capitaneado por Jordi Bernabeu e Isidre Plaza es apocalíptico y es integrado. Habla de los problemas pero también de los usos positivos y de las potencialidades de las TIC, y sobre todo, basándose en los datos que extrae del estudio, propone acciones muy interesantes para los profesionales que quieran abordar, desde un punto de vista preventivo y educativo, los usos digitales de los adolescentes.

Hace unos meses, el juez de menores Emilio Calatayud, un juez con mucho predicamento entre educadores por su lenguaje llano y su sentido común, a veces demasiado común, creaba controversia y el típico debate entre privacidad y seguridad cuando decía: “Creo que hay que violar la intimidad de nuestros hijos. Antes, nuestros padres nos registraban los cajones, ahora hay que mirar lo que hacen con el móvil… el caso es que no nos pillen”.  El debate, una cuestión moral y ética, sigue abierto. Cuando se lo planteé a mis alumnos hubo opiniones muy diversas. Para algunos, que además de alumnos también son padres, era difícil separar el rol paterno del rol profesional. Les costaba discernir cuando se trataba de una opinión personal y cuando de una opinión técnica. Qué pasaba si lo técnico entraba en conflicto con los valores, creencias o prejuicios de uno mismo. No llegamos a ninguna conclusión, pero si coincidimos en la necesidad de construir un discurso profesional sobre el tema, para que cuando vengan los padres o los jóvenes a preguntar, en el CRAE, en los Servicios Sociales, en el centro abierto o donde sea que trabajemos, tengamos los deberes hechos y algo parecido a una respuesta. ¿Tenemos un discurso preparado desde el trabajo o la educación social? Espero que el camino abierto por las Ares Villorias y los Jordis Bernabeus no sea un espejismo.

Una cosa más. Dice el juez Calatayud que tenemos que espiar a nuestros hijos, que eso ya lo hacían nuestros padres y los padres de nuestros padres. Quizás sí que nos espiaban, pero nuestros padres y los padres de nuestros padres encontraban poca cosa: un preservativo abandonado, alguna carta, un papel de fumar, un diario de los primeros amores. La adolescencia era un terreno vedado y opaco para el adulto. Entre otras cosas porque la privacidad para nosotros era otra otra cosa. Pero los tiempos cambian (Dylan dixit). En los cajones digitales de nuestros adolescentes está toda su vida, con pelos y señales, aunque podríamos discutir largamente en qué medida la huella digital es la vida. ¿Están preparados  los padres para  ver y entender el que verán? ¿Lo estamos los educadores?


1. La conferencia de Ares Villoria, "Un projecte d’identitat digital als CRAE” se puede ver en este enlace:

2. Bernabeu, J. Plaza, I. (2015) Adolescents, també a la xarxa. Reptes socioeducatiu davant la generació 1×1. Ajuntament de Granollers. Granollers.

lunes, 23 de mayo de 2016

ANTE TODO NO HAGAS DAÑO



Alaska, 23 de mayo de 2016,

Algunos alumnos, cuando milagrosamente no tienen exámenes ni trabajos que presentar, me piden que les recomiende algún libro de educación social. Siempre les acabo hablando del último que he leído… de periodismo, de viajes, de ciencia, asegurándoles que encontrarán más educación social ahí que en cualquier otro sitio. Basta con fijarse. Lo hago también porque quiero que disfruten como lectores con esos libros como he disfrutado yo.

Ante todo no hagas daño es un libro del neurocirujano Henry Marsh que me he zampado en tres días. Si mis alumnos me pidieran ahora un libro sobre ética aplicada a nuestro trabajo, por ejemplo, les recomendaría este. Si me pidieran ahora cualquier libro de educación social, también. Además iban a disfrutar como enanos.  Henry Marsh, a punto de jubilarse, nos cuenta el día a día de su trabajo, que consiste, como él mismo dice, en hurgar en cerebros. Con una honestidad brutal va narrando los casos en los que su pericia como neurocirujano logra salvar vidas y también cuando sus errores significan la muerte o la discapacidad de sus pacientes. También nos cuenta otras cosas, cómo  su relación con los pacientes y sus familiares, a los que a menudo tiene que comunicar cosas terribles, los problemas del sistema de sanidad pública con los que se encuentra o las idas y venidas, a veces felices, otras desdichadas, de su casa al hospital en su bicicleta.

Henry Marsh va dejando caer frases sencillas que valen tanto o más que cualquier código ético profesional: “Me molesta tener que disculparme por algo que no es culpa mía, pero no se puede despachar sin más a un paciente sin que alguien le dé la explicación”.  Cuando esa explicación pueden ser una noticia devastadora para un paciente, queda claro su enorme compromiso con él. O cuando se refiere a la amabilidad, tan aparentemente alejada de la eficacia “…hubo unos cuantos profesores en el hospital sin cuya influencia jamás me habría convertido en cirujano. Su amabilidad con los pacientes era una inspiración para mí, tanto o más que su destreza técnica.”

Pero donde la ética profesional de Henry Marsh queda más patente es en el reconocimiento de sus errores, a veces fatales. Porque lo que él intenta hacer, curar cerebros, es extremadamente complicado:  “Tengo menos miedo al fracaso: he llegado a aceptarlo y a sentirme menos amenazado por él, y confío  en haber aprendido algo de los errores cometidos en el pasado (…) cuanto mayor me hago, menos capaz me siento de negar que estoy hecho de la misma carne y de la misma sangre que mis pacientes, y que soy igual de vulnerable que ellos.”   Todo este proceso de años lo hacen  un mejor profesional, es decir, también un profesional más humanizado. Y eso lo lleva a sus últimas consecuencias: “Es imprescindible que los médicos rindan cuentas, puesto que el poder corrompe. Debe haber procedimientos de reclamación y litigios, comisiones de investigación, condena y compensación. Al mismo tiempo, si no ocultas ni niegas tus errores cuando las cosas salen mal, y si los pacientes y sus familias saben que estás afectado por lo ocurrido, quizás, con un poco de suerte, recibirás el valioso regalo del perdón”. Un brillante neurocirujano que también  titubea o pierde  la compostura, que también enferma y sufre por sus seres queridos, lo que lo hace, sin ninguna duda, más sabio:  “Siento haber perdido los estribos con su residente…”  empieza a decirle un familiar enfadado por el retraso imperdonable de una operación. “No le de más vueltas -contesta Marsh- Yo también fui una vez un familiar enfadado”.

En fin, podríamos seguir así toda la noche, pero entonces tendría que copiar las 350 páginas del libro. Henry Marsh, neurocirujano de éxito,  se  abre en canal con una prosa elegante y cautivadora,  mostrando su inseguridad, su enfado ante sus  errores, su alegría cuando todo sale bien y su tristeza e impotencia cuando todo sale mal. Eso le convierte en un ser humano extraordinario y un ejemplo de profesionalidad.

sábado, 16 de abril de 2016

LOS PROTOCOLOS Y EL COMPROMISO



Alaska, 16 de abril de 2016,

Los protocolos. Empecé diciéndoles a mis alumnos de la UdG, de la asignatura Servicios Sociales, que lo que íbamos a tratar ese día no parecía de entrada lo más apasionante del mundo. Para hacerlo más pasable y también para que viesen la importancia de los protocolos (en servicios sociales tenemos un montón: maltrato infantil,  pobreza energética, absentismo escolar) vimos un fragmento de la entrevista que Mònica Terribas le hizo al Síndic de Greuges, Rafael Ribó, a propósito de los abusos sexuales en Los Maristas. Tiene razón Ribó al señalar que el problema no es que los protocolos no estuviesen actualizados, el problema es que en algunas ocasiones, como parece que ocurrió en esta, no se aplican. Se realiza un ingente trabajo de mucha gente de diferentes ámbitos (salud, educación, servicios sociales, policía) para parir un buen protocolo pero no deja de ser un documento bienintencionado que, a veces, puede quedarse olvidado en una carpeta metida en un escritorio.

Les comenté luego que hay otro riesgo no menos importante que la no aplicación del protocolo y es una aplicación, digamos, tecnocrática del mismo. Por ejemplo cuando el educador deriva el caso a otro servicio porque es lo que le marca la flechita del diagrama del tema que sea y se desentiende del asunto. O cuando hay diferentes departamentos que se pelean, protocolo en mano, para ver de quien es la responsabilidad y a quien le paso el muerto. No eres educador social, les dije, hasta que alguien, en algún momento de tu vida profesional,  te suelta un ese es un caso tuyo, ¿no?, social.

Antes de entrar en clase había leído la carta de despedida de Pau Gasol a Kobe Bryant. Gasol resumía lo que para él diferencia a los jugadores buenos de los extraordinarios como Bryant. Jugadores con una técnica excepcional puede haber unos cuantos, pero que sumen a esa técnica el compromiso con lo que hacen, dice Gasol, hay muy pocos. En la educación social el compromiso, sobre todo en los casos más complejos o graves, es importante. Significa ir un punto más allá de lo que marca el protocolo, llamar e interesarte para que el caso no se pierda en la burocracia. Pasar de la pura derivación al trabajo en equipo con otros profesionales, es decir del te paso esto al pensemos juntos, incluso cuando (o sobre todo cuando) el protocolo te dice que no estás obligado a hacerlo. Es un compromiso con la persona a la que atiendes. La técnica, sola, puede deshumanizarte; solo con el compromiso eres un voluntario. Los dos juntos marcan la diferencia.

Tampoco hay que pasarse: a pesar de la épica con la que muchos educadores narran su trabajo diario, muchos de los partidos que jugamos durante la temporada son bastante rutinarios (becas, ayudas, gestiones). Está bien que así sea, uno no puede ser Kobe Bryant cada vez que abre la puerta de su despacho. Nadie es excelso todos los días. Basta con ser un buen profesional. Pero cuando ocurre, cuando hay uno de esos partidos y  te lo has currado,  lo has dado todo, el equipo ha funcionado como un instrumento afinado y el resultado es que ha mejorado la calidad de vida de alguien, es como si metieras un triple en el último segundo que da la victoria a tu equipo en la final.

 17 de abril de 2016. Extensiones al post. Es lo que tienen las redes sociales y el directo. Cuando ya había colgado el post, mi amigo Asier, de Educablog, me recuerda por facebook el problema de los protocolos que han sido diseñados sin la participación de los profesionales que los tienen que llevar a cabo. Tiene toda la razón, eso es una garantía de desastre y, por desgracia, hay numerosos ejemplos. Protocolos fabricados ante la presión política y/o diseñados por tecnócratas listillos con un cargo que, una vez, hace mucho, hicieron atención directa. Por el contrario, un buen protocolo se construye desde abajo y tiene que ser evaluado constantemente por los profesionales que participan en él. Evaluado, corregido, transformado. Deber ser la plasmación de una reflexión profunda, previa, ante un problema, una voluntad de no dejarlo todo a la improvisación y al azar. Un fruto del trabajo en red. Solo así sirve para lo que debería servir: como un instrumento para asegurar la eficacia de las instituciones, que nos recuerda que no trabajamos solos. Y, sobre todo, como una herramienta al servicio de la ciudadanía. Apuntado queda: comentarlo en clase el martes

lunes, 22 de febrero de 2016

PSICOFÁRMACOS SÍ O NO (O TODO LO CONTRARIO)



Alaska, 21 de febrero de 2016,

Combate de cerebros en El País. Whitaker versus Gutiérrez, el periodista contra el psiquiatra. Hace un par de semanas El País entrevistaba a Robert Whitaker, premio Pulitzer y autor de Anatomía de una epidemia. Whitaker atacaba a los psiquiatras. Los acusaba de recetar pastillas solo por adquirir prestigio delante de la profesión, "prescribir pastillas les hacía parecer más médicos", y para favorecer a las farmacéuticas, aun a costa de la salud de los pacientes. El periodista negaba que la esquizofrenia o la depresión tengan nada que ver con un desequilibrio químico. Afirmaba en la entrevista que los psicofármacos solo aumentan la cronicidad de los trastornos, cuando no los inventan: "Están creando mercado para sus fármacos y están creando pacientes". 
Una semana después, Miguel Gutierrez, presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría respondía a Whitaker con un artículo de título inequívoco: Psiquiatría sí, naturalmente. Dice Gutiérrez que la revolución psicofarmacológica ayudó en los cincuenta a la desinstitucionalización de los enfermos mentales graves, encerrados en centros y excluidos de por vida por considerase, hasta entonces, incurables. Le sorprende que Whitaker no distinga entre la ansiedad (consustancial al ser humano) y la ansiedad patológica, causa de mucho sufrimiento para la persona que la padece: “Plantea este señor -Whitaker- que la enfermedad mental no es una enfermedad cerebral. Cree al parecer que el cerebro es el único órgano del cuerpo que nunca se pone enfermo y siempre presenta un perfecto funcionamiento. Y que las enfermedades mentales se curan con palmaditas en el hombro. ¿Desde cuándo la actividad mental no está determinada por el cerebro?".
Reconoce Miguel Gutierrez que hay un aumento general de la medicación, producto del acceso a mejores servicios médicos y que quizás hay cosas corregibles. Pero dice, perplejo, que cuando se trata del cerebro las críticas son mucho más graves que cuando se trata de medicamentos contra la hipertensión o la diabetes, por poner algunos ejemplos. Es cierto, hay más antipsiquiatras que anticardiólogos. Es evidente que el cerebro, el yo, genera más pasiones que los riñones o las arterias.

Estaba acabando de escribir el post sobre estos dos hombres, cuando ayer domingo, con el café y el periódico (es lo que tiene ser un adicto) leía distintas reacciones. Por ejemplo el artículo de Mikel Munarriz, presidente de la Asociación Española de Neuropsiquatria, que ve pertinente y necesario el libro de Whitaker y su crítica, y abunda en la idea de que los psicofármacos son necesarios como apoyo, pero no son la solución: "Podemos criticar que se receten muchos antidepresivos, pero con los que nos ahorremos hemos de organizar una sociedad que no se vea abocada a pedirlos". En la misma linea escribe el psiquiatra Manuel Desviat, apuntando que el libro de Whitaker no cuestiona la medicación psiquiátrica, sino su abuso, algo en lo que él coincide. Desviat apuesta por la psiquiatría comunitaria, donde "hay precisamente una ruptura frente al reduccionismo de la psiquiatría del cerebro, hay un planteamiento que amplia la mirada a lo psicológico y a lo social". Por último,  Nel A. González, presidente de la Confederación Salud Mental España, también apoya una visión holística del trastorno mental y sobre todo aboga por un abordaje de la salud mental desde diferentes disciplinas entre las que incluye (¡oh, la, la!) la educación social

Iba a ser un post cortito y se me está yendo de las manos. Sería deseable que el debate sobre la medicación o su exceso fuese un debate sosegado y, sobre todo, científico. Aunque los datos siempre son interpretables, al menos que haya datos e investigaciones rigurosas, que no quede la cuestión reducida a opiniones, percepciones y modas. En este sentido, la discusión en las redes sociales no ayuda mucho. En las redes todo es a cara de perro, y casi siempre gana la adscripción al movimiento antiloquesea. La secta más que la razón.
En mi experiencia de trabajo con psiquiatras infantiles, la mayoría son muy cautos a la hora de medicar. En una ocasión, hace muchos años, un psiquiatra me pidió, medio en broma medio en serio, que le dijera a las escuelas que no derivaran con tanta alegría niños a los centros de salud mental (en Cataluña, los CSMIJ), niños que podían ser tratados perfectamente en otros servicios de carácter socioeducativo. En ocasiones eran algunos profesores los que les presionaban para que medicaran, esperando el milagro de la pastillita que parara el movimiento continuo del alumno. Cada vez más, psiquiatras y psicólogos de centros de salud mental cuentan con la participación de otros profesionales: profesores, educadores, trabajadores sociales, para dar una atención integral a la persona. He participado en alguna experiencia muy interesante en este sentido, en la que se supera la mera coordinación o derivación entre profesionales para trabajar, por fin, juntos. Será importante aquí comprobar si este enfoque, más comunitario y multidisciplinar, tiene mejores resultados que el exclusivamente biológico o el exclusivamente social. Intuyo que sí, pero solo con la intuición no se va a ninguna parte. 
Lo social es muy importante. También lo es la química del cerebro. Parece que el tratamiento de la salud mental, presente y futuro, se mueve en estas dos aguas. Mejorar la pastilla y el contexto. El cerebro y la vida. 




jueves, 4 de febrero de 2016

¿UNA NEUROEDUCACIÓN SOCIAL?














Alaska, 2 de febrer de 2016,

Empiezo por el final. He leído hasta ahora tres clases de críticas a la neuroeducación. La primera habla acerca de su éxito, el peligro de que lo "neuro" sea solo una moda más, que pasará de largo. La segunda, relacionada con la primera, se refiere al peligro de inferir con demasiada ligereza que algún nuevo hallazgo de actividad encefálica  corresponde  a un patrón de conducta humano, por muy complejo que este sea. Como dice el comunicador científico Cesar Tomé en el artículo, La neurociencia como religión, correlación no implica causalidad: "Solo porque ciertas partes del encéfalo se activen más porque leo un poema o aprecio la belleza de una ecuación matemática, ello no implica que la actividad encefálica sea responsable del sentido de la belleza o de la capacidad de abstracción que experimento".  
Nada que objetar. Hace años que leo a científicos y divulgadores científicos y espero de ellos lo mismo que la ciencia les exige, rigurosidad en sus investigaciones y en sus extrapolaciones. Soy lo más escéptico que puedo pero, como simple aficionado, seguro  que me la neurocuelan más de una vez. Aunque en estos asuntos lo que me tranquiliza es que sea la misma comunidad científica la que vigila que nadie de los suyos se pase de listo.
He comentado dos. La tercera de las críticas que he leído estos últimos meses acusa a la neuroeducación de estar diciendo cosas, como por ejemplo que el juego es importante en el aprendizaje, que los educadores ya sabíamos hace mucho. Pero esta critica a mí me parece un elogio. Muchas veces la ciencia corrobora prácticas que ya se intuía que funcionaban, pero comprueba si de verdad funcionan y a qué se debe que funcionen.  A mí no me parece poca cosa.

Dicho lo cual,

Ayer vi una excepcional entrevista que le hacía Josep Maria Espinàs a Salvador Pániker, en la que el filósofo hablaba (¡en el 86!) de la importancia de las neurociencias y de la necesidad de lo interdisciplinario, de lo híbrido para que se produzca conocimiento, abogando ya entonces por una tercera cultura - aunque Brockman aún no había acuñado el concepto- que aunara lo humanístico y lo científico. Para entonces el biólogo G.M. Edelman ya había dejado escrito que "nos hallamos al comienzo de la revolución neurocientífica".
Cuando yo empecé a estudiar educación social la ciencia no solo estaba ausente del discurso, no solo el diálogo entre disciplinas diferentes era complicado, es que, dentro de una disciplina -la pedagogía, la filosofía, la psicología, lo que fuese- uno debía ser fiel a un modelo - estructural, sistémico, cognitivo, lacaniano, lo que fuese- siendo totalmente impermeable a cualquier otro. El eclecticismo como insulto. Y si bebías de la pedagogía social, por poner el caso, tenías que hacerle ascos a la biología. Y si eras lacaniano no te hablabas con nadie. Así me críe. Pero uno crece y aprende fuera de sus marcos de referencia. El ser humano es social y es natural y creo, con Pániker, que esa complejidad solo se puede abordar desde una mirada híbrida y una mente abierta al conocimiento, a costa, a veces, de traicionar tu modelo. Los modelos pueden tener contradicciones insalvables entre ellos, pero es de ese choque y ese diálogo de donde surge el mejor conocimiento. El único límite al diálogo, lineas rojas le llaman ahora, debería ser, creo yo, el de la verdad, la rigurosidad y la objetividad.
El ser humano es relaciones sociales, y es cultura, y es comunidad y es familia, pero también  es actividad eléctrica, y lóbulos centrales, y neuronas y conexiones sinápticas. Renunciar al saber científico es practicar una educación social muy limitada.

Después de un rato, con un café,

Una de las cosas más interesantes que aporta la neurociencia (y también la psicología evolutiva) a la educación social es la forma de entender el comportamiento humano y la forma cómo aprendemos. En definitiva, provoca un cambio en la mirada al otro y a nosotros mismos. Desde la educación social, igual que desde otras disciplinas, se intenta poner orden en el caos que puede ser o parecer el comportamiento de una persona. Se ha llegado a un cierto consenso según el cual las características de la persona, su carácter, y, sobre todo, los condicionantes sociales (la familia, el entorno, etc.) explican el comportamiento. Digamos, para entendernos, que  hemos tenido hasta ahora en cuenta lo social y lo psico, lo cual está muy bien, pero que nos hemos olvidado por completo de lo bio.
La neurociencia introduce una nueva mirada sobre nosotros mismos: la ilusión del "yo". Cuando tomamos decisiones parece que lo hagamos racionalmente, que hay un "yo" que siempre decide, pero parece cada vez más evidente que primero tomamos la decisión y luego racionalizamos. Muchas de nuestras acciones las hacemos inconscientemente, aunque nuestra mente construya una explicación razonable a posteriori. Es cierto que el psicoanálisis dice más o menos lo mismo, seguramente su mayor acierto, pero las explicaciones que luego da de este fenómeno pertenecen al terreno de la fe y ya saben que yo soy poco creyente. Aunque si hacemos caso de Francis Crick, el problema central de la conciencia y su base neurobiológica solo se comprenderá del todo en torno al 2030. Tenemos tiempo de darle vueltas al asunto.

¿Qué tiene que ver esto con la educación social? ¿Qué tiene que ver con el trabajo que el educador puede hacer en un centro residencial, en unos servicios sociales o en una escuela? Somos actividad eléctrica, aprendemos por conexiones neuronales, nuestro "yo"  se conforma a base de actividad sináptica. La neuroimagen, la genética o las simulaciones computacionales están dando pistas a la neurociencia sobre cómo influyen determinados factores en nuestro comportamiento y en cómo aprendemos. Algunos de esos factores hasta ahora no se habían tenido en cuenta en nuestro trabajo o se desechaban como poco importantes. Como comenta el neurocientífico Manfred Spinzer (citado por Anna Forés en la introducción de Neuromitos en educación, un libro imprescindible) la neurociencia será a la educación lo que la biología ha sido a la medicina. Nuestro cometido seguirá siendo la justicia social, por supuesto, pero por qué no tener también en cuenta, para trabajar para una sociedad más justa, lo que vamos conociendo sobre el comportamiento de las personas. Las relaciones del sueño con la creatividad, la actividad física que genera neurotransmisores que mejoran el estado de alerta, la atención y la motivación, la importancia del juego en los procesos de aprendizaje, la relación entre los lóbulos frontales y la novedad, la música y su relación con nuestros recuerdos, la importancia del entorno en el comportamiento y en el aprendizaje, la importancia de las actividades artísticas, el papel de la dopamina y la serotonina en el aprendizaje y los estados anímicos y un largo etcétera de investigaciones que van sugiriendo aplicaciones educativas.
Hay que ir poco a poco, estamos hablando del cerebro, estamos hablando de la persona. Pero yo seguiré de cerca lo que hacen los neurocientíficos y lo que proponen si así puedo ayudar más a las personas que atiendo.

PD: Con el café me he comido una galleta Cuétara de las que siempre andan por casa.  Hace poco leí que un estudio de psicólogos de Columbia aseguraba que las probabilidades de que te den la libertad condicional son más altas si los jueces acaban de desayunar. Por el contrario, después de un duro día de trabajo, con los niveles de glucosa más bajos, los jueces optan por dejarte entre rejas, la opción más segura para ellos y que menos esfuerzo les produce. Supongo que ninguno de esos jueces sospecha que sus sentencias tienen algo que ver con el cruasán que se acaban de zampar. Por si alguien todavía duda de que, a veces, el cerebro va a su bola.
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