miércoles, 1 de marzo de 2017

LA REDADA DEL 2011

Alaska, 1 de marzo de 2017,

Fue en el verano de 2011, con muchos Servicios Sociales a medio gas por las vacaciones, cuando la Generalitat, sin previo aviso, obligó a las personas que estaban cobrando la RMI a presentarse en sus oficinas. Sembraron el caos y dejaron a cientos de familias a la intemperie. Decían perseguir el fraude (a posteriori reconocieron que no manejaban ni un solo dato y que nada justificaba una medida tan desproporcionada) y lo hicieron de la manera más abusiva y vergonzosa, a espaldas de los ciudadanos y de los profesionales que los atendían. Claro que Artur Mas presumía entonces de ser el líder de los recortes en España. La RMI, una renta básica que las familias cobran cuando tienen cero ingresos, cero, pasó a tardar ocho meses en cobrarse desde que Servicios Sociales iniciaba el trámite. Ocho. Apenas un año antes, Vila d’Abadal, entonces alcalde de Vic, se negaba a empadronar a los inmigrantes en situación ilegal, medida con la que solo se conseguía que esos inmigrantes no pudiesen acceder a la sanidad o la educación. Todo eso pasó mucho antes de que el president Mas se convirtiese en el antisistema que es ahora y mucho antes de que algunos de los suyos, que callaban ante el alcalde de Vic, participasen en la multitudinaria manifestación a favor de la acogida a los refugiados en Barcelona de hace una semana.

En ese contexto escribí Alaska 2099, la segunda parte de Educador social en Alaska, que volvemos a reponer ahora en la sala Almazen (3 de marzo). Una Alaska más inhóspita y menos amable que la primera. Una Alaska donde el control ha ganado el pulso a la educación. 
Os esperamos en el teatro:


Teaser Trailer ALASKA 2099 from Pantalla Global // CCCB on Vimeo.

jueves, 5 de enero de 2017

SALUD MENTAL Y CRISIS




Alaska, 5 de enero de 2017,

Interesante artículo de la psiquiatra M. Teresa Campillo Sanz, del Instituto de Neuropsiquatria y Adicciones, en el último número de la revista Quaderns d'Educació Social
Campillo escribe que la percepción que tienen los profesionales con los que trabaja es que muchos de los factores estresantes que presentan sus pacientes están relacionados en los últimos años con la crisis económica. Pero no se queda en su percepción y en el artículo se propone revisar cual es la evidencia científica que la demuestra o la niega.

En esa búsqueda encuentra cosas interesantes. Cita el estudio IMPACT, de Margalida Gili, que compara datos del 2006 y del 2010, donde aparece un aumento estadísticamente significativo de los trastornos del estado de ánimo, de ansiedad, depresivos, trastornos somatomorfos  y del consumo de alcohol asociados a tener algun familiar en paro, dificultades por el pago de la hipoteca, etc. Algunos datos les sugerían a los autores del estudio que el impacto del paro es mayor en la salud mental de los hombres respecto a las mujeres debido a  las responsabilidades familiares y la clase social . A parecidas conclusiones llega la investigación encabezada por Xavier Bartoll (2013), aunque los autores lo atribuyen  al hecho del rol social del hombre como "sustentador principal". Estos datos me recordaron un post (Cuando me emociono, 2012) que yo había escrito en el que hablaba sobre hombres que venían a mi despacho y sobre emociones.   
En el artículo se citan otros estudios que contradicen los anteriores, como el de Ketevan Glonti (2016),  que analiza diez factores sociodemográficos durante diferentes períodos de crisis, y en el que  los autores encuentran que la salud mental de las mujeres aparece como más susceptible a la crisis que la de los hombres y donde el estatus laboral está asociado a la salud mental. 

De igual manera se puede hablar de los datos que tenemos en cuanto a la relación entre crisis económica y suicidio. Impresiona leer que el suicidio es la primera causa no natural de defunción, En España el suicidio ha aumentado en las últimas décadas, dato especialmente relevante entre la población de 15 a 24 años, siendo la franja de 25 a 34 años la causa principal de muerte en hombres y la segunda en ambos sexos. Respecto a la crisis económica, hay estudios para todos los gustos y en los que se refleja mucha discrepancia a la hora de  interpretar los datos. Algunos (Lopez Bernal, 2013) relacionan ciertos suicidios con la crisis. La pérdida de ocupación, la tensión financiera, etc. provocarían cosas como la pérdida del control personal, rupturas matrimoniales, reducción del soporte social o el aumento del consumo de alcohol que provocarían a su vez enfermedad mental y suicidio. Otros estudios, como el de Julian Librero o el de Miguel Roca (2013)  critican la metodología utilizada y concluyen que se deberían evaluar otros factores (por ejemplo las patologías subyacentes) antes de proclamar la relación entre suicidio y crisis. 
Sea como sea, y como termina Campillo en el artículo, los datos no son concluyentes y falta tiempo e investigación para confirmar muchas cosas sobre la relación entre salud mental y crisis. También se evidencia (esto lo digo yo) la dificultad a la  hora de interpretar datos estadísticos y quizás la imposibilidad, al menos de momento, de dar una respuesta científica al asunto teniendo en cuenta la cantidad de factores que intervienen. Quizás esta conclusión pueda ser decepcionante para algunos, en estos tiempos de certezas facebookeras y afirmaciones indiscutibles. Yo la encuentro sanísima.  Para que luego digan que la ciencia es dogmática. 

El último número de Quaderns trae en sus páginas este artículo, incluido en un monográfico dedicado a la salud mental, y trae muchas cosas  más, acompañadas por las magníficas ilustraciones de Patossa. No se lo pierdan estimados lectores.  Y tengan todos ustedes un feliz año. 

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 El viernes 13 de enero vuelve Educador social en Alaska en la sala Almazen. A las 21h.  






lunes, 12 de diciembre de 2016

VERDADES, MENTIRAS Y EDUCACIÓN SOCIAL.


Alaska, 12 de diciembre de 2016,

Hablando con mis alumnos de la verdad y la mentira en los medios de comunicación. Hay un sano escepticismo en la mayoría de ellos y una sospecha permanente hacia los grandes medios. Sospecha que comparto. Cómo no lo voy a compartir yo, lector de periódicos, si cada día veo ejemplos de periodismo poco riguroso o directamente falso. Otra cosa es que comparta el corolario al que llegan algunos alumnos y con ellos muchas personas en la actualidad: que la verdad no existe, que la objetividad es imposible, que todo es relativo y que al final se trata solo de una opinión frente a otra. Como tampoco puedo compartir que, dado que los medios oficiales (más que oficiales importantes diría yo) a veces nos mienten, la verdad solo se encuentra en todo lo que huela a alternativo: desde blogs a redes sociales, pasando por medios con pocos medios. Por supuesto que puede haber un periodismo, llamémoslo alternativo o modesto, riguroso y de calidad (aunque sea complicado: la buena información requiere tiempo y dinero), siempre y cuando la exigencia sea la misma para todos: la obligación del periodismo es relatar hechos ciertos, independientemente del punto de vista que se tenga sobre esos hechos. 

Hay hechos que han ocurrido y hechos que no, hay verdades y hay mentiras, hay datos que demuestran una cosa y no la contraria. No todo es relativo ni depende de la opinión de cada uno. Por supuesto que hay que estar muy vigilante con la información de los grandes medios, y denunciar cualquier engaño, pero eso no quiere decir que lo llamado alternativo sea mejor per se. Yo desconfiaría, también, de cualquier iluminado que te dijera que todos los medios están vendidos al poder, que todos nos engañan, pero que él sí, el sí que tiene la información que nadie tiene y posee la verdad oculta que nadie sabe y que te revelará en su blog o en su red social. Te dirá que todos los lectores son unos ingenuos menos él, y menos tú, por supuesto, que le lees, y te soltará la última teoría conspiratoria para que la difundas en tu twitter o tu facebook. Cantos de sirena.

Es indiscutible que Internet permite, como nunca en la historia, el acceso a la información a más personas y de muchísimos medios diferentes, pero también es cierto, sobre todo con la aparición de las redes sociales, que ahora hay más oportunidades que nunca para que cualquiera difunda una mentira. 
Yo creo que un educador social tiene que estar bien informado y ser un profesional atento a los hechos. En cualquier momento de su vida profesional tendrá que lidiar con información falsa o poco rigurosa, con el rumor, con los prejuicios, los suyos y los de los otros. Tendrá que pronunciarse sobre políticas sociales que quizás se basen en creencias o en intereses políticos que no tengan que ver con la verdad. Creo que la mejor manera de enfrentarse a eso es estando bien informado, confiando en periodistas que tengan un compromiso con sus lectores y con la verdad. Una buena manera de ser riguroso es apelar a los hechos y los datos. En definitiva, una actitud científica ante las cosas. 

domingo, 6 de noviembre de 2016

APOCALÍPTICOS E INTEGRADOS 2.0

 
Alaska, 6 de noviembre de 2016,

Este artículo se publicó, en catalán, en el nº 98 del Butlletí d'Infància del Departament de Treball, Afers socials i Families de la Generalitat de Catalunya. 

APOCALÍPTICOS E INTEGRADOS 2.0
Hace poco propuse a mis alumnos de educación social, en la asignatura Aprenentatge amb les TIC de la UdG, un debate en el que la mitad serian Apocalípticos y la otra mitad, Integrados. Parodiaba el famoso libro que Umberto Eco escribió en 1964, pero esta vez la cosa no iba sobre cultura de masas o cultura de élites (bueno, un poco sí) sino de tecnología. Los apocalípticos (lo que en términos más prosaicos se conoce como tecnoescépticos) buscarían argumentos en contra de Internet, los móviles, las aplicaciones, las redes sociales, etc. Y los integrados (o tecnoentusiastas) todo lo contrario. Argumentos no les faltaban: desde el origen de la web en los noventa, y no digamos desde la aparición de las redes sociales o de los smartphone, todo tipo de pensadores y profesionales han escrito a favor o en contra. Desde el apocalíptico Nicholas Carr, uno de los últimos, finalista del Premio Pulitzer con Superficiales, ¿qué está haciendo Internet con nuestras mentes?  que defiende que el uso de Internet y de las redes sociales erosiona nuestro pensamiento profundo, hasta el integrado periodista Jeff Jarvis, profesor de periodismo de la City Univerity de Nueva York, que es capaz de verle las bondades a algo tan demonizado como nuestras queridas cookies, que nos roban privacidad a cambio de ofrecernos, según Jarvis, servicios interesantes. Pero no hay que irse tan lejos, nuestra integrada de cabecera, la psicóloga social Dolors Reig, en su libro Socionomía, ¿vas a perderte la revolución social? un canto a las bondades de las redes 2.0 (cuando leas esto, querido lector, ya iremos por la web 7.0, seguro), defiende que las redes sociales  nos hacen más libres y mejores ciudadanos.

Pero no solo de pensamiento vive el hombre, tenemos miles de experiencias cada día de las bondades y miserias de las TIC. El Twitter que sirve para linchar a una persona, altavoz de lo peor del ser humano y voz del populismo más abyecto, es el Twitter que permite al profesor y educador social Oscar Martinez (@oscar_m) denunciar y, a veces, eliminar, barreras arquitectónicas en la ciudad, ejemplo de activismo social virtual digno de aplauso. El mismo móvil desde el cual se hace bullying a un alumno (el acoso escolar de hace cuarenta años, pero amplificado hasta el infinito gracias a las redes) es el que permite al profesor de educación física Nacho Gálvez, de la escuela Turó, de Montcada i Reixach, jugar con sus alumnos a buscar objetos escondidos mediante el GPS en lo que se conoce como geocaching. He aquí, en el uso del móvil en el aula, donde queda más patente la diferencia entre apocalípticos e integrados, ambos cargados de razones y buenas intenciones educativas. Aunque el Consell Escolar de Catalunya aprobó el uso del móvil en las aulas en 2015, apostando por el uso de la tecnología móvil y por la responsabilización y formación de los alumnos, antes que la prohibición, eso no ha eliminado las suspicacias, los miedos y los riesgos que aducen los apocalípticos.

Pero, llegados a este punto, se podría pensar que mi intención en este artículo es intentar llevar al lector (y a mis alumnos) a la conclusión de que lo razonable cuando se habla de las TIC es llegar a un punto intermedio entre lo bueno y lo malo, o repetir aquel lugar común que dice que la tecnología es inocente, que todo depende del uso que se haga de ella. Nada más lejos de mi intención y además no es el tema principal sobre el que quiero reflexionar. Yo mismo no me sé situar en un lugar intermedio, ambivalente, que es un lugar que tiende a relativizar y minimizar el conflicto. Yo a veces soy apocalíptico y a veces integrado. Cuando algo es malo es malo y cuando es bueno es bueno. En cuanto a la tecnología, que su uso determina su bondad o su maldad es evidente, pero no solo. La tecnología, las aplicaciones, los programas, los cacharritos, ellos solos, ya vienen de fábrica cargados de intenciones. ¿Acaso no es Twitter el que decide que te comunicarás en 140 caracteres, modificando nuestra manera de comunicarnos? ¿Acaso nada tiene que ver su instrumento con la imposibilidad de la ironía? ¿Acaso Facebook, su muro, sus configuraciones, sus emoticonos o sus saludos virtuales, no condicionan lo que uno escribe o cuelga? ¿Acaso es inocente en el hecho de que cada vez construimos comunidades con gente que tienen nuestras mismas ideas, y echamos o bloqueamos al que discrepa, estereotipando y empobreciendo nuestro pensamiento hasta la nausea?

Pero, como decía, de lo que yo quiero hablar principalmente en este artículo es de otra cosa: del silencio sideral que hay en el mundo del trabajo social y la educación social en estos temas, solo roto por distinguidas y valientes excepciones. En la teoría, y en la práctica, tanto la utilización de las TIC como la reflexión acerca de ellas es un páramo con muy escasos brotes verdes. Se me ocurren tres posibilidades que explican porqué cuando todo el mundo habla, escribe y piensa sobre la tecnología, porqué cuando todas las disciplinas en la actualidad, la medicina, la gastronomía, el periodismo, absolutamente todas, no pueden entenderse, para bien o para mal, sin los cambios producidos desde Internet y desde la aparición de las redes sociales, porqué cuando todas, absolutamente todas, están pensando cómo se adaptan a los tiempos, el trabajo y la educación social siguen mirando para otro lado. Precisamente cuando irrumpe algo con el apellido social. ¡Social! Deberíamos tirarnos como lobos hambrientos a la presa pero solo estamos siendo, en el mejor de los casos, meros espectadores.

Se me ocurren tres cosas, digo. Una, seguramente la menos acertada, es que seamos, respecto de la tecnología, rematadamente apocalípticos, y frente al apocalipsis se huye o se prohíbe. La segunda cosa que se me ocurre es un error de concepción, más grave aun tratándose de educadores. La idea, que subyace en muchos discursos, de que sobre las TIC no tenemos nada que hacer ni que decir. ¿Qué vamos a decirles a unos jóvenes, nativos digitales, que nos dan mil vueltas en el manejo de sus cacharritos? Una idea que nos infantiliza, un pensamiento ignorante, porque ignora de qué va esto que se llama educación, de qué va esto que trata de enseñar a otro ser humano a estar en el mundo. Por cierto, ideas que encajan perfectamente en algunas teorías pedagógicas de moda que rebajan la categoría de maestro o educador a mero acompañante, porque ya sabemos que todos educamos entre todos y bla, bla, bla.
Y la tercera cosa que se me ocurre, y en esto quizás me ponga demasiado apocalíptico a mí pesar, es que somos cada vez menos educadores, ocupados en el control, inmersos en la burocracia y en la tiranía del asistencialismo. Ocupados rellenando papeles, gestionando ayudas, controlando entradas y salidas, escribiendo informes. Cada vez con menos espacio para preguntarnos por los saberes que transmitimos, si es que transmitimos alguno. Con menos espacio también para pensar en la identidad digital de las personas con las que trabajamos, los usos que hacen de sus móviles o tabletas, la potencialidad educativa que tienen los dispositivos que utilizan y las redes donde están inscritos. Estamos renunciando a crear un discurso del trabajo y la educación social sobre el uso que hacen de la tecnología  las personas que atendemos, sobre el mundo virtual en el que  interactúan, sobre las luces y las sombras de ese mundo. 

Pero hay realidades que, por fortuna, me contradicen. Dos ejemplos ejemplares. Uno, el de la educadora social Ares Villoria, que trabaja en un CRAE de Lleida, pionera en hablar, desde dentro de los centros, de la identidad digital de los jóvenes que viven en los CRAE (1).  La argumentación de Villoria admite poca discusión: si el encargo explícito de la administración respecto a los menores que tutela es “acompañar a los niños y adolescentes en su proceso de crecimiento y desarrollo integral, procurando dar respuesta a todas las dimensiones de la persona”, parece lógico que junto a la dimensión intelectual, física o psicológica esté contemplada también la dimensión virtual. Un matiz: para los adolescentes actuales los conceptos de virtual y real no tienen el mismo sentido que para nosotros. En su caso, ambas categorías conforman lo que conocemos como identidad, difícil de entender sin la interacción digital o el perfil en una red virtual. De la misma forma que no podemos seguir hablando de conceptos como privacidad o intimidad con parámetros del siglo pasado. Villoria propone introducir un área TIC en los centros y un plan formativo a los educadores de los CRAE que repercuta después en los mismos jóvenes. Como ella misma señala, no aportamos valores, ni capacidad crítica a los jóvenes respecto a sus identidades digitales si la única respuesta es la prohibición de los móviles o de las redes sociales. Prohibición, por otra parte, difícil de sostener fuera de las paredes del centro, lo que puede llegar a convertirlo, a ojos de la sociedad y de los mismos jóvenes, en un lugar alejado de la normalidad y la integración que, paradoja, pretende conseguir. La propuesta de la educadora tiene además la virtud de la experiencia, no se anda por las ramas y nos interpela desde lo concreto y urgente: ¿Cuándo un joven llega a un centro, tenemos que darle la contraseña del wifi? ¿Tenemos que revisar los contenidos de las tabletas o los móviles de los adolescentes? ¿Qué pasa cuando los familiares hablan con ellos por el WhatsApp? ¿Sabemos cómo se comunican, cómo es su lenguaje virtual, sus valores en la red?

El segundo ejemplo ejemplar es el de Jordi Bernabeu, educador y psicólogo del Ayuntamiento de Granollers, que  ha publicado un estudio (2), interesante y completo, que analiza los usos adolescentes del entorno digital y que se puede descargar en su página web Sobrepantalles.net. En el estudio se señalan los tres grupos de problemas que más preocupan en el uso de las TIC: los relacionados con la sobreutilización y/o dependencia de Internet, los vinculados a temas relacionales (como el ciberacoso) y los que tienen que ver con el uso simultaneo de diferentes pantallas. El estudio capitaneado por Jordi Bernabeu e Isidre Plaza es apocalíptico y es integrado. Habla de los problemas pero también de los usos positivos y de las potencialidades de las TIC, y sobre todo, basándose en los datos que extrae del estudio, propone acciones muy interesantes para los profesionales que quieran abordar, desde un punto de vista preventivo y educativo, los usos digitales de los adolescentes.

Hace unos meses, el juez de menores Emilio Calatayud, un juez con mucho predicamento entre educadores por su lenguaje llano y su sentido común, a veces demasiado común, creaba controversia y el típico debate entre privacidad y seguridad cuando decía: “Creo que hay que violar la intimidad de nuestros hijos. Antes, nuestros padres nos registraban los cajones, ahora hay que mirar lo que hacen con el móvil… el caso es que no nos pillen”.  El debate, una cuestión moral y ética, sigue abierto. Cuando se lo planteé a mis alumnos hubo opiniones muy diversas. Para algunos, que además de alumnos también son padres, era difícil separar el rol paterno del rol profesional. Les costaba discernir cuando se trataba de una opinión personal y cuando de una opinión técnica. Qué pasaba si lo técnico entraba en conflicto con los valores, creencias o prejuicios de uno mismo. No llegamos a ninguna conclusión, pero si coincidimos en la necesidad de construir un discurso profesional sobre el tema, para que cuando vengan los padres o los jóvenes a preguntar, en el CRAE, en los Servicios Sociales, en el centro abierto o donde sea que trabajemos, tengamos los deberes hechos y algo parecido a una respuesta. ¿Tenemos un discurso preparado desde el trabajo o la educación social? Espero que el camino abierto por las Ares Villorias y los Jordis Bernabeus no sea un espejismo.

Una cosa más. Dice el juez Calatayud que tenemos que espiar a nuestros hijos, que eso ya lo hacían nuestros padres y los padres de nuestros padres. Quizás sí que nos espiaban, pero nuestros padres y los padres de nuestros padres encontraban poca cosa: un preservativo abandonado, alguna carta, un papel de fumar, un diario de los primeros amores. La adolescencia era un terreno vedado y opaco para el adulto. Entre otras cosas porque la privacidad para nosotros era otra otra cosa. Pero los tiempos cambian (Dylan dixit). En los cajones digitales de nuestros adolescentes está toda su vida, con pelos y señales, aunque podríamos discutir largamente en qué medida la huella digital es la vida. ¿Están preparados  los padres para  ver y entender el que verán? ¿Lo estamos los educadores?


1. La conferencia de Ares Villoria, "Un projecte d’identitat digital als CRAE” se puede ver en este enlace:

2. Bernabeu, J. Plaza, I. (2015) Adolescents, també a la xarxa. Reptes socioeducatiu davant la generació 1×1. Ajuntament de Granollers. Granollers.

lunes, 23 de mayo de 2016

ANTE TODO NO HAGAS DAÑO



Alaska, 23 de mayo de 2016,

Algunos alumnos, cuando milagrosamente no tienen exámenes ni trabajos que presentar, me piden que les recomiende algún libro de educación social. Siempre les acabo hablando del último que he leído… de periodismo, de viajes, de ciencia, asegurándoles que encontrarán más educación social ahí que en cualquier otro sitio. Basta con fijarse. Lo hago también porque quiero que disfruten como lectores con esos libros como he disfrutado yo.

Ante todo no hagas daño es un libro del neurocirujano Henry Marsh que me he zampado en tres días. Si mis alumnos me pidieran ahora un libro sobre ética aplicada a nuestro trabajo, por ejemplo, les recomendaría este. Si me pidieran ahora cualquier libro de educación social, también. Además iban a disfrutar como enanos.  Henry Marsh, a punto de jubilarse, nos cuenta el día a día de su trabajo, que consiste, como él mismo dice, en hurgar en cerebros. Con una honestidad brutal va narrando los casos en los que su pericia como neurocirujano logra salvar vidas y también cuando sus errores significan la muerte o la discapacidad de sus pacientes. También nos cuenta otras cosas, cómo  su relación con los pacientes y sus familiares, a los que a menudo tiene que comunicar cosas terribles, los problemas del sistema de sanidad pública con los que se encuentra o las idas y venidas, a veces felices, otras desdichadas, de su casa al hospital en su bicicleta.

Henry Marsh va dejando caer frases sencillas que valen tanto o más que cualquier código ético profesional: “Me molesta tener que disculparme por algo que no es culpa mía, pero no se puede despachar sin más a un paciente sin que alguien le dé la explicación”.  Cuando esa explicación pueden ser una noticia devastadora para un paciente, queda claro su enorme compromiso con él. O cuando se refiere a la amabilidad, tan aparentemente alejada de la eficacia “…hubo unos cuantos profesores en el hospital sin cuya influencia jamás me habría convertido en cirujano. Su amabilidad con los pacientes era una inspiración para mí, tanto o más que su destreza técnica.”

Pero donde la ética profesional de Henry Marsh queda más patente es en el reconocimiento de sus errores, a veces fatales. Porque lo que él intenta hacer, curar cerebros, es extremadamente complicado:  “Tengo menos miedo al fracaso: he llegado a aceptarlo y a sentirme menos amenazado por él, y confío  en haber aprendido algo de los errores cometidos en el pasado (…) cuanto mayor me hago, menos capaz me siento de negar que estoy hecho de la misma carne y de la misma sangre que mis pacientes, y que soy igual de vulnerable que ellos.”   Todo este proceso de años lo hacen  un mejor profesional, es decir, también un profesional más humanizado. Y eso lo lleva a sus últimas consecuencias: “Es imprescindible que los médicos rindan cuentas, puesto que el poder corrompe. Debe haber procedimientos de reclamación y litigios, comisiones de investigación, condena y compensación. Al mismo tiempo, si no ocultas ni niegas tus errores cuando las cosas salen mal, y si los pacientes y sus familias saben que estás afectado por lo ocurrido, quizás, con un poco de suerte, recibirás el valioso regalo del perdón”. Un brillante neurocirujano que también  titubea o pierde  la compostura, que también enferma y sufre por sus seres queridos, lo que lo hace, sin ninguna duda, más sabio:  “Siento haber perdido los estribos con su residente…”  empieza a decirle un familiar enfadado por el retraso imperdonable de una operación. “No le de más vueltas -contesta Marsh- Yo también fui una vez un familiar enfadado”.

En fin, podríamos seguir así toda la noche, pero entonces tendría que copiar las 350 páginas del libro. Henry Marsh, neurocirujano de éxito,  se  abre en canal con una prosa elegante y cautivadora,  mostrando su inseguridad, su enfado ante sus  errores, su alegría cuando todo sale bien y su tristeza e impotencia cuando todo sale mal. Eso le convierte en un ser humano extraordinario y un ejemplo de profesionalidad.